Una semana en el hospital Gemelli de Roma y ya me he ganado la fama de ser de las que se quejan de todo…
Bueno, creo que la única cosa de la que realmente me quejo hoy es de haber creído que este hospital era de verdad lo que cuentan: un hospital de excelencia. Y de haberme hecho ilusiones pensando que la consulta, que me costó un ojo de la cara con un “profesor, director, jefe de servicio que sale en televisión”, y la espera de casi dos años para poder ingresar, iban a verse recompensadas con lo que llevo nueve años esperando: llegar por fin a un diagnóstico, después de una navegación interminable en un limbo sin respuestas.
Me quejo de que en un hospital con fama internacional no exista un verdadero intercambio entre los distintos especialistas: sentados todos alrededor de una mesa, recomponiendo el cuerpo humano y mirándolo en su totalidad, y no por partes, como con demasiada frecuencia está planteada la medicina y como trabajan demasiados médicos en Italia.
Porque en Estados Unidos, y también muchos médicos en América Latina, hacen exactamente lo que aquí parece imposible: se confrontan dentro de sus respectivas especialidades, intentan comprender cómo interactúan los resultados obtenidos en el cuerpo del paciente y tratan de llegar a un diagnóstico definitivo a través de la valoración y el estudio del organismo entero. Aquí, en cambio, con demasiada frecuencia cada uno mira su pequeña parte y el paciente queda en medio: entero en el dolor, pero dividido en la medicina.
Luego sí, también me he quejado de la comida. Y claro que me quejo, porque la alimentación importa, sobre todo si estás en un servicio de gastroenterología, es decir, en un servicio que estudia estómago, hígado, páncreas, intestino… no en un servicio de psiquiatría o en traumatología, donde quizá alguien piense que lo que comes es secundario. Aquí no. Aquí debería importar, y mucho. Y sin embargo, ni una sola vez llega de verdad lo que está escrito en el menú del paciente (véase la foto de abajo).
Me he quejado de la pérdida de los análisis de sangre que me extrajeron y luego extraviaron. Y no tanto porque haya sucedido —porque puede pasar—, sino porque me los repitieron cuatro días después, sin hacerme nada más entretanto, perdiendo así un tiempo precioso en un hospital donde, como me dijo una doctora, “ocupar una cama es un privilegio”. Y si de verdad es así, entonces es todavía más grave malgastar días sin concluir nada. Que para llegar a ese “privilegio” hagan falta años, eso lo añado yo.
Me he quejado de la arrogancia de médicos recién incorporados o todavía estudiantes, que se comportan como profesionales con cuarenta años de experiencia, pero sin humildad, sin verdadera empatía y, demasiado a menudo, sin esa intuición humana que debería distinguir a quien cura de quien simplemente ejecuta.
Me he quejado porque cada día me cuentan la misma historia: “la verá el hematólogo”, “vendrá la reumatóloga”, “le haremos un PET-TAC”… pero en realidad pasan los días y yo no he hecho casi nada.
A estas alturas, uno acaba pensando que quizá sea verdad lo que se dice: que los pacientes ingresados deben permanecer un mínimo de días para que el hospital consolide su compensación; pero luego quieren darte el alta de un día para otro, aunque no hayan hecho todo lo que te habían prometido, porque después —como siempre— “ya puede hacerlo de manera ambulatoria”.
Me he quejado, y seguiré quejándome siempre, de todos esos médicos que, sin sentido común, dan prioridad absoluta a su opinión subjetiva, olvidando una cosa fundamental: la decisión final pertenece exclusivamente al paciente, que decide qué se deja hacer y qué se deja inocular en su propio cuerpo.
Y digo esto porque, en realidad, el problema aquí no han sido mis quejas. El problema es que yo he decidido hacer la Terapia Di Bella. Y eso es lo que molesta. Molesta desde siempre. Molesta en casi todos los centros hospitalarios en los que he estado y ante casi todos los médicos con los que me he encontrado. Y, sin embargo, acéptenlo de una vez y traten, al menos una vez, de mostrar un poco de humanidad.
¿Qué les importa más: que yo esté viva, aun habiendo hecho esta terapia contra el cáncer que según ustedes no funciona —a pesar de que la evidencia que tienen delante diga lo contrario—, o el hecho de que, como no hice la quimioterapia que alimenta el negocio mundial de la sanidad, no merezca ser atendida y tratada con dignidad?
Sigan contando que soy una de esas personas que se quejan de todo. Muy bien. Pero, en mi opinión, sería mucho más importante que ustedes consiguieran demostrar que no es verdad nada de aquello de lo que me quejo.
Y es triste darse cuenta de que quizá el nombre “Gemelli” diga más verdad de la que quisieran admitir: porque en realidad parece que hubiera dos hospitales. El Gemelli del Papa, de los poderosos y de los ricos… y el Gemelli de los pobres.
A. (una usuaria)

